Hace algunos años, mis amigos y socios del estudio de animación
Mítika adquirieron los derechos de explotación de imagen de
Blue Demon, un luchador mexicano icónico.
La intención era desarrollar una serie animada, por lo que se firmó
un contrato y se realizó el pago correspondiente.
Todo parecía marchar bien: la noticia incluso apareció en los periódicos.
Un gran personaje necesita una historia a su altura, y el guion de la serie
fue escrito por el magnífico autor de literatura juvenil
Antonio Malpica.
Sin embargo, con el paso del tiempo se hizo evidente que, aunque la producción
podía realizarse sin problemas creativos o técnicos,
el contrato dejaba muy poco margen para recuperar la inversión.
Finalmente, la idea original se dejó de lado y optamos por crear
Red Legend, una serie de acción con personajes completamente
originales y de nuestra propiedad.
Esta serie se presentó en el mercado del festival de Annecy
y terminó llamando la atención del mercado asiático.
¿Para qué sirve la propiedad intelectual?
Una IP (Intellectual Property) permite a su autor proteger una idea
y explotarla comercialmente durante un periodo determinado de tiempo.
El creador puede vender o ceder los derechos de explotación a un tercero,
bajo condiciones específicas de tiempo, territorio y compensación
económica establecidas en un contrato.
En otras palabras, la IP define quién puede hacer qué
con una idea, un personaje o una historia.
¿Cuál es la diferencia entre producir una idea propia o una ajena?
Todos tenemos ideas geniales, pero pocas llegan a materializarse.
Cuando una idea ya ha demostrado ser exitosa,
a veces está disponible para que otros la produzcan.
Stephen King, por ejemplo, es famoso por ceder los derechos de algunas de sus novelas
a directores desconocidos por un dólar simbólico
(On Writing: A Memoir of the Craft, 2010).
Sin embargo, lo más habitual es que adquirir una IP con éxito probado
tenga un costo elevado.
A cambio, se reduce el riesgo: no es una garantía de éxito,
pero sí una apuesta más segura.
Por eso hoy vemos tantas franquicias:
los productores buscan minimizar la incertidumbre.
Los contratos de adquisición de derechos suelen especificar con gran detalle
qué se puede hacer con la IP.
A veces la libertad es amplia, pero en otros casos hay restricciones muy concretas,
como limitar el uso de un personaje a cierto tipo de mercancía,
por ejemplo camisetas.
En muchos casos, primero se paga una opción de compra,
que otorga un plazo (generalmente de algunos meses)
para asegurar los derechos mientras se buscan socios o financiamiento.
Esa opción puede renovarse si el proyecto sigue siendo de interés.
Las ventajas y riesgos de una idea propia
Crear una IP propia ofrece libertad total y la posibilidad de conservar
el 100% de las ganancias.
El problema, porque siempre hay uno, es que amar un proyecto
no garantiza recuperar la inversión.
Si la idea funciona, el potencial es enorme:
se puede seguir produciendo, expandiendo y explotando
sin pedir permiso a nadie.
Pero si no conecta con el público,
el riesgo económico recae completamente en el creador.
Con una IP propia también existe el riesgo de crear algo
que ya se le ocurrió a alguien más.
Después de todo, se dice que todas las historias ya han sido contadas.
Ese riesgo también recae completamente en quien crea.
¿Cómo probar la viabilidad de una idea?
Existen diversas herramientas para evaluar si una idea o producto es viable.
Entre las más comunes están las pruebas cualitativas,
como los focus groups,
que pueden realizarse desde la etapa de preproducción
hasta después del estreno.
Este proceso tiene un costo, pero suele ser mucho más barato
que descubrir demasiado tarde que algo no funciona.
Detectar problemas a tiempo permite hacer ajustes estratégicos.
En el caso de Red Legend,
mostramos los diseños de personajes a niños
dentro del rango de edad objetivo,
lo que derivó en varios cambios iniciales.
Más adelante, con un piloto terminado,
volvimos a mostrarlo al mismo público
y la recepción fue positiva.
¿Tú qué prefieres?
¿Desarrollar IP propia o trabajar con IP existente?
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